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La piratería anglosajona en el siglo XXI

En algún momento del siglo XVI, los ingleses comprendieron que se estaban quedando atrás. Mientras la monarquía hispánica dominaba los mares, el comercio y las colonias, Inglaterra apenas era una isla húmeda, sin recursos ni industria, y con una marina débil. Fue entonces cuando descubrieron algo que cambiaría su historia: la única doctrina militar que podían permitirse era la piratería.

La doctrina del saqueo legalizado

La doctrina militar de la piratería consistía, básicamente, en legalizar el delito y revestirlo de honor. Se trataba de convertir a los delincuentes en héroes, darles patente de corso y cubrirlo todo con un gran aparato de propaganda. Francis Drake, John Hawkins o Walter Raleigh no eran marinos virtuosos, sino corsarios al servicio de la Corona que asaltaban galeones españoles en nombre de Dios y de Su Majestad. Lo que antes era crimen se transformó en epopeya nacional. Así, Inglaterra elevó el saqueo a política de Estado y sentó las bases de una cultura entera: la de apropiarse del valor ajeno legitimándolo moralmente.

Durante más de dos siglos, esa estrategia definió el comportamiento británico en el mar. No podían enfrentarse abiertamente al imperio español, así que optaron por desgastarlo a base de golpes de rapiña, interrumpiendo sus rutas comerciales y erosionando su prestigio.

En el Pacífico ni siquiera lo intentaron. El Galeón de Manila, que unió Asia con América durante dos siglos y medio, fue casi invulnerable. Los corsarios ingleses apenas lograron abordajes aislados y terminaron resignándose a reconocer su impotencia. Llamaron al Pacífico "The Spanish Lake", el lago español, un título que decía más de su frustración que de su respeto.

De los mares al relato

El fracaso militar fue compensado con una victoria simbólica. Los ingleses perdieron las batallas, pero ganaron el relato. La propaganda británica transformó a los piratas en héroes y al saqueo en defensa de la libertad. Esa habilidad para redefinir la historia se convirtió en el arma más poderosa del mundo anglosajón. Con el tiempo, el corsario desapareció, pero su espíritu sobrevivió bajo nuevas formas: financieras, comerciales y culturales.

Con la distancia del tiempo, todos comprendemos fácilmente la piratería de Drake y compañía. Lo que nos cuesta más es reconocer que esa misma doctrina sigue viva, aunque haya cambiado de bandera y de herramientas. Nos resulta fácil entender los fenómenos geoestratégicos cuando el tiempo nos separa de ellos; por eso no vemos con claridad cómo el poder anglosajón —Gran Bretaña primero y Estados Unidos después— ha seguido practicando una piratería moderna, adaptada a los siglos XIX, XX y XXI.

La piratería moderna

En el siglo XIX, la piratería se institucionalizó en forma de imperialismo comercial y financiero. Las grandes potencias ya no necesitaban galeones ni cañones: bastaba con tratados desiguales, flotas mercantes y bancos capaces de dominar el mundo desde los despachos de Londres. La Compañía de las Indias Orientales fue el modelo perfecto: un corsario con forma de corporación que combinaba el poder económico, militar y político bajo el pretexto del libre comercio.

El siglo XX llevó esa lógica al extremo. Las operaciones militares llamadas "de liberación" o "de defensa de la democracia" fueron, en realidad, actos de piratería geopolítica. Las intervenciones en Vietnam y Afganistán fueron fracasos rotundos: intentos de imponer control bajo banderas ideológicas que acabaron en retirada y humillación. Pero otras campañas fueron más eficaces. En Libia y Siria, la coartada de la democratización sirvió para desmantelar Estados soberanos y abrir el acceso al petróleo y las rutas energéticas. No se buscaba conquistar, sino desarticular. La piratería moderna ya no saquea directamente; provoca el caos y recoge los beneficios después.

El proxy perfecto

En Oriente Medio, esa vieja doctrina ha alcanzado su forma más sofisticada: el uso de Estados aliados como instrumentos de poder. Israel, más que un actor independiente, ha funcionado como plataforma avanzada del bloque anglosajón, una especie de corsario moderno con bandera propia. Actúa como punta de lanza militar, tecnológica y simbólica, sostenida por el apoyo financiero y diplomático de Washington y Londres. Algunos sostienen que el sionismo ha manipulado a las potencias anglosajonas; sin embargo, la realidad geopolítica muestra lo contrario: son las potencias anglosajonas las que han utilizado a Israel como su proxy, manteniendo su influencia sobre la región bajo la cobertura moral de la seguridad y la democracia. Es la misma fórmula que en el siglo XVI: crimen, legalización, propaganda y recompensa.

Los estertores del imperio pirata

Y así llegamos al presente. En los estertores de su poder, el imperio anglosajón intenta volver al Caribe, su escenario original. Vuelve a agitar sus banderas, ahora mediáticas y financieras, contra los restos de la vieja Nueva Granada.

Y no solo de forma simbólica: en estos mismos días, Estados Unidos ha vuelto a bombardear barcos en aguas del Caribe, cerrando el círculo histórico de una manera casi obscena. Quinientos años después, los cañonazos suenan de nuevo en el mismo escenario donde Drake y Hawkins escribieron las primeras páginas de esta doctrina.

Pero el mundo ha cambiado: ya no hay un Blas de Lezo que defienda Cartagena de Indias con inteligencia y coraje. Hoy se enfrenta a líderes como Petro o Maduro, más preocupados por la retórica que por la estrategia, incapaces de ver que el enemigo no está en sus discursos, sino en los hilos invisibles del poder global. Los nuevos piratas no vienen solo en barcos: llegan en forma de sanciones, campañas mediáticas, monedas digitales controladas desde Wall Street y la City... y también, cuando es necesario, con misiles que recuerdan que la violencia sigue siendo el último argumento del imperio.

Conclusión

La piratería anglosajona ha cambiado de apariencia, pero no de esencia. Sigue siendo una doctrina que convierte el saqueo en virtud, la dominación en libertad y la propaganda en moral. Cinco siglos después, el corsario no necesita abordajes ni cañones: le basta con controlar los flujos financieros, la información y la narrativa global. El imperio que nació de los ladrones del mar sigue navegando, aunque su barco cruje. Y cuando finalmente se hunda, quedará la lección que la historia repite una y otra vez: que ningún poder basado en la rapiña puede durar eternamente, y que los pueblos que olvidan su historia están condenados a ser saqueados de nuevo.

 
 
 

1 comentario


alvaromregueiro
28 dic 2025

Perfecto

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